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Unas baladas en la recámara

El tercer álbum en solitario vio la luz en 2016. Impulsado por el buen hacer y acogida de "Poemas antiniebla", "Baladas en la recámara" llegó como una continuación del estilo y mensajes del anterior, pero con unas dosis aún mayores de rabia y frescura. Buscaba un sonido más cañero, más cercano al pop-rock. Por eso se incorporó al grupo Éric Deza, un guitarrista brillante que dio al disco justo ese punto cañero que buscábamos. Josu Erviti volvió a ser il capo y a encargarse de la producción, ya en su estudio nuevo. Decidimos grabar de nuevo a la americana: todos los instrumentos a la vez, sin artificios, para capturar la frescura y la verdad del directo. Ensayábamos cada semana, como banda bien ensamblada, mimando cada detalle, como si tuviésemos por delante una gira que nunca llegó a existir.

La presentación del disco, en el Zentral de Pamplona, fue un regalo. Más de doscientas personas, un ambiente espectacular, rodeado de amigas y amigos, un montón de músicos y colaboradores en el escenario, y esa sensación de “qué bien estamos haciendo esto”. Fue un gustazo, un subidón, un momento que todavía guardo en una caja de cristal en mi memoria.

Pero no hubo más conciertos. La banda no podía comprometerse a una continuidad y yo tampoco estaba en el mejor momento para empujar. Fueron tiempos duros: mi separación coincidió con el lanzamiento del disco y terminé dejando correr el agua sin oponer demasiada resistencia.

Recuerdo a Joseba Carricas —bajista de la banda y, durante muchos años, uno de mis mayores defensores— diciéndome:—Javi, este disco tiene recorrido. Muévelo. Confía en él. Yo también lo pensé. Pero no lo hice. Quizá necesitaba silencio. Quizá necesitaba recomponerme. Quizá simplemente no era el momento.

Sea como sea, Baladas en la recámara quedó ahí: como un disco valiente, eléctrico, y sobre todo muy honesto.